¡Bienvenidas, bienvenides y bienvenidos al Mictlán de las Morras Malditas!
Hoy abrimos la puerta a una historia que nos llegó de la comunidad. Una de esas historias que no se inventan. Que no se adornan. Que se cuentan porque alguien las vivió y necesita soltarlas.
Antonio nos escribió. Nos contó que en su familia siempre han existido historias difíciles de explicar. Algunas comenzaron con objetos extraños. Otras, con una amiga imaginaria que quizá no lo era tanto.
Y nos advirtió algo desde el principio:
«Hay algunas que no solamente escuché. Yo estuve ahí.»
Así que acomódate. Apaga la luz. Porque lo que viene no tiene explicación. O al menos, ninguna que hayamos podido encontrar.
(Nota: El siguiente relato se presenta tal como fue compartido por Antonio, sin modificaciones.)
Follet, el troll y Fany
En la familia de Antonio siempre han existido historias difíciles de explicar. Algunas comenzaron con objetos extraños. Otras, con una amiga imaginaria que quizá no lo era tanto.
Primero que nada, muchas gracias por acompañarme mientras trabajo y mientras juego videojuegos. Siempre las escucho. ¡Son las mejores!
En mi familia existen muchísimas historias que, hasta el día de hoy, nadie ha podido explicar del todo.
Siempre les ha gustado contarlas.
Y a mí siempre me ha encantado escucharlas.
Pero hay algunas que no solamente escuché.
Yo estuve ahí.
Follet
Mi mamá es maestra y siempre ha sido un poco «darks».
Se viste mucho de negro, le gusta el heavy metal, el rock y todo ese tipo de cosas, así que sus alumnos solían regalarle objetos medio raros.
Entre esos regalos llegaron dos figuras.
Un duende.
Y un troll.
Del duende me acuerdo perfectamente.
Se llamaba Follet.
A mi mamá nunca le gustó demasiado, así que terminó regalándoselo a mi hermano menor.
Mi hermano lo cuidaba muchísimo. Lo llevaba de un lado para otro y lo tenía entre sus cosas.
Y sí, con Follet empezaron a suceder cosas extrañas.
Pero nunca realmente malas.
A veces desaparecían juguetes u objetos del cuarto de mi hermano.
Simplemente no estaban.
Buscábamos por todas partes y nada.
Entonces mi hermano le pedía a Follet que se los regresara.
Y al poco tiempo…
aparecían.
En lugares donde ya habíamos buscado.
Era raro.
Pero hasta ahí.
El problema era el troll.
El troll
El troll era completamente diferente.
Según entendíamos, le gustaban dos cosas:
Semillas de girasol.
Y tequila.
Así que le dejaban ambas cosas como ofrenda.
El tequila siempre terminaba evaporándose.
Las semillas, en cambio, aparecían partidas por la mitad o rotas.
Tal vez todo tenía una explicación.
Lo extraño era lo que pasaba cuando nadie le dejaba comida o bebida.
Entonces comenzaban los problemas.
Platos que se rompían sin razón.
Objetos que desaparecían y nunca volvían a aparecer.
Cosas que se caían.
Pequeños accidentes.
Y había una sensación muy clara de que, cuando el troll no recibía lo que quería…
se enojaba.
Pero hubo una cosa que hasta hoy sigo pensando que tuvo que ver con él.
Una amiga me había traído de un viaje a la playa un cangrejito ermitaño diminuto.
Lo tenía en una pecera mediana.
Era demasiado pequeña la mascota y demasiado alta la pecera como para que pudiera salir por sí sola.
O al menos eso creíamos.
Porque algunas veces desaparecía.
Y cuando lo buscábamos…
lo encontrábamos fuera de la pecera.
Siempre en el mismo lugar.
A los pies del troll.
La primera vez pensamos que había sido casualidad.
Después volvió a pasar.
Y volvió a pasar.
Siempre aparecía ahí.
Justo debajo de la figura.
Hasta que un día lo encontramos de nuevo a sus pies.
Solo que esta vez…
tenía el caparazón roto.
Y estaba muerto.
Fany
La siguiente historia tiene que ver con mi hermana.
Ella es casi diez años menor que yo, así que prácticamente todo lo extraño que comenzó a sucederle durante su infancia lo viví siendo ya consciente de lo que estaba pasando.
Somos tres hermanos.
Yo soy el mayor, después viene mi hermano y, finalmente, mi hermana.
En nuestra casa había tres habitaciones.
Como ella era la más pequeña y la única mujer, tenía su propio cuarto, mientras que mi hermano y yo compartíamos.
Desde muy chica mi hermana decía ver cosas.
Pero hubo una presencia que se volvió constante.
Una niña llamada Fany.
Su amiga imaginaria.
Al principio nunca pensamos demasiado en eso.
Mi hermano y yo éramos mayores, así que normalmente salíamos a jugar futbol o hacíamos nuestras cosas mientras ella se quedaba en casa jugando con sus muñecas.
Muchas estaban guardadas en lugares altos y ella no podía alcanzarlas sola.
Así que nos pedía ayuda.
Pero casi siempre pedía dos.
Una para ella.
Y otra para Fany.
Nosotros se las bajábamos.
Nos parecía tierno.
Era una niña jugando con una amiga imaginaria.
Nada más.
Hasta que un día dejó de parecernos tan inocente.
«Fue Fany»
Recuerdo que una tarde mi mamá nos pidió algo a mi hermano y a mí mientras mi hermana jugaba sola en su cuarto.
Entonces escuchamos un estruendo.
No fue el ruido de una sola cosa cayéndose.
Fue como si hubieran vaciado todos los muebles al mismo tiempo.
Corrimos al cuarto porque sabíamos que mi hermana estaba sola.
Cuando entramos…
todos sus juguetes estaban tirados en el suelo.
Todos.
Incluso aquellos que estaban guardados tan arriba que ella no podía alcanzarlos.
El resto de la casa estaba perfectamente normal.
Nada se había movido.
No había temblado.
No había ocurrido nada que pudiera explicar por qué únicamente los juguetes de ese cuarto habían terminado en el piso.
Le preguntamos qué había pasado.
Mi hermana contestó:
—Fue Fany.
Le dijimos que podía decirnos la verdad.
Que no íbamos a regañarla.
Que solamente queríamos saber cómo se habían caído las cosas.
Pero ella insistió.
—Fue Fany.
Y después de ese día, las cosas comenzaron a empeorar.
Objetos que se rompían.
Cosas que desaparecían.
Platos que terminaban en el suelo.
Vasos de agua que se caían.
Y cada vez que le preguntábamos qué había pasado, la respuesta era la misma.
Fany.
Mi mamá comenzó a perder la paciencia.
Pensaba que mi hermana había descubierto una manera muy práctica de evitar los regaños.
Si algo se rompía, había sido Fany.
Si algo desaparecía, había sido Fany.
Hasta que una noche mi hermana despertó llorando.
Los cuatro rasguños
Corrimos a verla.
Estaba asustada.
Nos dijo que Fany la había lastimado.
Obviamente pensamos que había tenido una pesadilla.
Pero entonces nos enseñó el brazo.
Tenía cuatro pequeños rasguños.
Paralelos.
Como si alguien la hubiera arañado.
Lo extraño era el tamaño.
No parecían hechos por la mano de un adulto.
Eran diminutos.
Como si los hubiera hecho una mano del tamaño de la de una muñeca.
Imaginen, por ejemplo, la mano de un Nenuco.
Cuatro pequeños dedos.
Cuatro marcas.
Mi familia no es especialmente religiosa.
Pero mis abuelos maternos sí.
Después de eso decidieron llamar a un sacerdote católico para bendecir la casa.
El sacerdote fue.
Bendijo las habitaciones.
Rezaron.
Y después de esa noche…
nunca volvimos a saber de Fany.
Los juguetes dejaron de caerse.
Las cosas dejaron de romperse.
Mi hermana dejó de mencionar su nombre.
Y jamás volvieron a aparecer rasguños.
Durante mucho tiempo pensamos que ahí había terminado todo.
Pero con mi hermana…
solo había sido una pausa.
La muerte de mi papá
Hace cinco años, en abril, asesinaron a mi papá.
Aunque llevábamos aproximadamente cinco años sin verlo ni saber prácticamente nada de él, su muerte fue un golpe muy fuerte para toda la familia.
Mi hermano y yo nunca sentimos nada extraño después de que murió.
Nunca vimos nada.
Nunca sentimos su presencia.
Mi hermana sí.
Ella decía verlo detrás de mi mamá.
Soñaba con él.
Y en esos sueños, mi papá le decía que no estaba en paz.
Mi hermana nos pedía que rezáramos por él.
Que pidiéramos por su descanso.
Así lo hicimos.
Durante algún tiempo, las apariciones parecieron detenerse.
Hasta que una noche ella tuvo un sueño que todavía recuerda perfectamente.
El sueño dentro del sueño
Mi hermana soñó que despertaba en su habitación.
Todo estaba completamente oscuro.
Demasiado oscuro.
No entraba absolutamente nada de luz.
Eso fue lo primero que le pareció extraño.
Estaba convencida de que ya había despertado.
Intentó levantarse de la cama para encender la luz.
Pero no pudo.
Su cuerpo no respondía.
Sentía una presión enorme sobre ella.
Algo parecido a una parálisis del sueño.
Mi hermana es muy creyente, así que comenzó a rezar.
Después de varios intentos consiguió levantarse.
Caminó hasta el interruptor.
Prendió la luz.
Y entonces vio que su habitación estaba llena de una especie de niebla.
Entró en pánico.
Corrió al cuarto de mi mamá y se acostó junto a ella.
Todo esto seguía ocurriendo dentro del sueño.
Intentaba explicarle lo que estaba pasando.
Pero mi mamá no le hacía caso.
Era como si no pudiera escucharla.
Mi hermana estaba aterrada.
Pero eventualmente el cansancio le ganó.
Y dentro de ese mismo sueño…
volvió a quedarse dormida.
No sabe cuánto tiempo pasó.
Entonces despertó.
Esta vez de verdad.
Abrió los ojos.
Y vio a nuestro papá.
Estaba justo encima de ella.
A centímetros de su cara.
Y le gritó.
Mi hermana gritó tan fuerte que todos corrimos hacia su habitación.
Estaba aterrada.
No podía hablar bien.
Tardó horas en poder contarnos exactamente qué había visto.
Desde entonces, ella sigue sintiendo que nuestro papá no descansa.
Su familia manda hacer misas por él.
Nosotros seguimos pidiendo por su descanso.
Pero, de vez en cuando…
mi hermana todavía siente su presencia.
Y después de todo lo que hemos vivido con ella desde que era niña, ninguno de nosotros se atreve ya a decirle que solo fue su imaginación.
Conclusión
¿Qué podemos decir? Antonio nos dejó con la piel de gallina. Porque hay algo en estos relatos que se siente demasiado cercano. No son castillos embrujados ni bosques lejanos. Es una casa. Una familia. Una habitación. Unos juguetes en el suelo. Y una niña que dice la verdad cuando nadie quiere creerle.
Follet, el duende. El troll que pedía tequila. Fany, la amiga que no era tan imaginaria. Tres presencias. Tres misterios. Y una familia que aprendió a vivir con lo inexplicable.
Nos quedamos pensando en muchas cosas. En cómo a veces minimizamos lo que los niños ven. En cómo el miedo se hereda. En cómo las historias familiares son, muchas veces, los mejores expedientes de lo paranormal. Y sobre todo, en esa frase que Antonio dijo al final: «ninguno de nosotros se atreve ya a decirle que solo fue su imaginación».
Porque cuando alguien vive algo así desde niña, cuando crece con esas presencias, con esos sueños, con esas marcas… uno aprende a escuchar. Y a creer.
Gracias, Antonio, por confiar en nosotras y compartir estas historias. Si tú también tienes una historia que no puedes explicar, escríbenos. Nos encanta leerte. Nos encanta escucharte. Y sobre todo, nos encanta recordar que, en la oscuridad, nunca estamos solas.
Ahora sí: apaguemos la luz, cerremos la puerta… y no voltees hacia atrás.
Comparte esta historia si te gustó.MERCH MALDITA
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