Hoy abrimos la puerta a una historia que nos llegó desde Mexicali, pero que nació en Guadalajara. Una de esas historias que te hacen revisar debajo de la cama antes de dormir. De esas que empiezan con un bebé que desaparece de su cuna y terminan con algo que sigue mirándote desde el mismo sótano.
Elizabeth Rivas nos escribió. Nos contó que maneja en DiDi, que escucha pódcasts mientras conduce y que una usuaria le recomendó el nuestro. Desde entonces nos lee muchísimo. Y nos mandó su historia.
Una de ellas.
Porque dice que tiene más.
Así que acomódate. Apaga la luz. Y sigue leyendo. Porque lo que viene no tiene explicación. O al menos, ninguna que hayamos podido encontrar.
Esto es El niño del sótano.
El niño del sótano
(Nota: El siguiente relato se presenta tal como fue compartido por Elizabeth Rivas, sin modificaciones.)Envía Elizabeth Rivas
Cuando era bebé desaparecía de mi cuna. A veces me encontraban debajo de ella. Otras veces, mucho más lejos. En mi familia terminaron culpando a un duende. Años después, cuando creíamos que todo había terminado, comencé a verlo otra vez.
Actualmente vivo en Mexicali, Baja California, pero soy originaria de Guadalajara, Jalisco.
Trabajo manejando en DiDi y normalmente busco podcasts para escuchar mientras conduzco. Hace como un mes y medio una usuaria me recomendó Morras Malditas y desde entonces las escucho muchísimo.
Me encanta, sobre todo, que lean las historias que les manda toda la banda maldita.
Así que ahí les va la mía.
Bueno…
una de ellas.
La casa
Yo crecí en Guadalajara, en una colonia que siempre consideré bastante normal.
La casa de mis papás fue construida desde cero en un terreno que compró mi papá. Hasta donde sé, nunca investigamos qué había ahí antes.
Aunque ahora que lo pienso…
creo que debería hacerlo.
La casa de mis papás y la de mi abuela paterna estaban pegadas.
Las dos tenían sótano.
El nuestro era bastante grande: aproximadamente el equivalente a dos recámaras.
Era oscuro.
Muy húmedo.
Y la entrada quedaba justo enfrente de una de las habitaciones.
Eso significaba que cada vez que salías de ese cuarto, lo primero que veías eran las escaleras bajando hacia el sótano.
No había puerta.
Solo el hueco.
Durante el día todavía alcanzabas a distinguir algunos escalones.
Pero más abajo…
todo se volvía negro.
Siempre hacía frío ahí.
Y aunque crecimos viendo esas escaleras todos los días, nunca dejaron de sentirse desagradables.
Pero cuando yo era bebé ocurrió algo que hizo que mi familia empezara a mirar ese sótano de otra manera.
Yo desaparecía de la cuna
Cuando era bebé, tenía la costumbre —si se le puede llamar así— de desaparecer.
Mi mamá o mis hermanas me dejaban dormida en la cuna.
Regresaban unos minutos después…
y yo ya no estaba.
A veces me encontraban debajo de la cuna.
O debajo de alguna cama.
Nadie entendía cómo había llegado hasta ahí.
Yo era demasiado pequeña.
Y evidentemente no podía bajarme sola.
Durante una época llegaron al punto de no querer dejarme dormir sin vigilancia.
Porque nunca sabían dónde iba a aparecer.
Pero una vez fue peor.
Mucho peor.
Mi mamá trabajaba prácticamente todo el día, así que quien me cuidaba con frecuencia era una de mis hermanas.
Ese día me dejó dormida en una de las habitaciones y salió al patio.
El patio de esa casa estaba en medio de la construcción, así que para llegar a otras áreas había que cruzarlo.
Mi hermana estaba relativamente cerca.
Unos diez o quince minutos después…
me escuchó llorar.
Pero algo no tenía sentido.
Mi llanto sonaba lejos.
Entró al cuarto.
La cuna estaba vacía.
Buscó debajo de la cama.
Debajo de la cuna.
En todos los lugares donde otras veces me habían encontrado.
Nada.
Yo seguía llorando.
Y entonces salió de la habitación.
Ahí fue cuando se dio cuenta.
Mi llanto venía del sótano.
El último escalón
Mi hermana bajó.
Y ahí estaba yo.
En el último escalón.
Hasta hoy nadie sabe cómo terminé ahí.
Yo era un bebé.
No podía caminar.
Mucho menos bajar sola unas escaleras.
Después de eso comenzaron las teorías familiares.
Mi abuela paterna tenía una.
Según ella, algo quería llevarme.
Pensaba que podía tratarse de un duende.
Pero también tenía otra posibilidad.
Una sobrina de mi papá había muerto ahogada años atrás.
En la casa de mi abuela había un aljibe —o cisterna— dentro de la zona del sótano.
La niña murió ahí.
Mi papá la quería muchísimo.
Así que mi abuela llegó a pensar que tal vez aquella niña me acompañaba.
Que quizá quería jugar conmigo.
O, en el peor de los casos…
llevarme con ella.
Nunca supimos cuál de las dos explicaciones le parecía más probable.
Pero en la familia terminó ganando una.
Era un duende.
Y con el tiempo hasta lo normalizamos.
Algo desaparecía.
—Pinche duende otra vez.
Las cosas mordidas
No solo desaparecía yo.
También comenzaron a desaparecer mis cosas.
Mis chupones se perdían.
Y cuando aparecían, a veces estaban mordidos.
Lo raro era que yo todavía no tenía dientes.
Mis baberos aparecían rasgados.
Me quitaban un calcetín mientras dormía.
Algunas de mis cosas terminaban en lugares distintos.
O simplemente no regresaban.
Incluso decían que a veces, mientras dormía, me despeinaban.
Conforme fui creciendo, las situaciones continuaron.
Y entonces apareció otra palabra en mi vocabulario.
El niño.
Cuando empecé a hablar, según mi familia, lo mencionaba con frecuencia.
—¿Dónde está tu zapato?
—El niño.
—¿Con quién estabas jugando?
—Con el niño.
—¿Quién agarró eso?
—El niño.
Para mí parecía ser algo completamente normal.
Nunca recuerdo haber explicado quién era.
Solo…
estaba ahí.
“Ya no quiero que se tome mi leche”
Cuando tendría unos cuatro o cinco años todavía tomaba biberón por las noches.
Antes de dormir, mi hermana me dejaba uno al lado de la cama.
Así, si despertaba con hambre, podía tomarlo sola y volverme a dormir.
Pero muchas mañanas el biberón aparecía vacío.
Mi hermana me decía:
—Seguramente te lo tomaste y no te acuerdas.
Pero yo estaba segura de que no.
Una noche, llorando, le dije:
—Ya no quiero que se tomen mi leche.
Ella trató de tranquilizarme.
Me dijo que seguramente era yo quien la tomaba dormida.
Pero aparentemente yo insistí:
era el niño.
Esa noche, antes de dormir, hablé en voz alta.
—Ya no quiero que te tomes mi leche. Es mía.
Después me dormí.
Horas más tarde desperté.
Agarré el biberón.
Lo incliné para tomar leche.
Y casi me ahogo.
La mamila estaba completamente desgarrada.
En lugar de salir poco a poco, toda la leche cayó de golpe sobre mi cara.
Se me metió por la nariz y por la boca.
Como yo dormía con mi hermana, ella despertó inmediatamente y me ayudó.
Obviamente pudo haber sido simplemente una mamila rota.
Pero en ese momento, para mi familia, había sido suficiente.
El famoso duende ya no daba risa.
La abuela bajó al sótano
Poco antes de que entrara a tercero de kínder me enfermé.
Mi abuela acostumbraba sobarnos cuando nos sentíamos mal, así que ese día fue a verme.
Mi familia aprovechó para contarle todo lo que estaba ocurriendo.
La leche.
Los chupones.
Las cosas desaparecidas.
Entonces mi abuela preguntó algo:
—¿Dónde encuentran sus cosas?
Mi familia se quedó pensando.
Muchas veces no aparecían.
Pero cuando sí…
había un lugar que se repetía.
El sótano.
Debajo de las escaleras.
Mi abuela decidió bajar.
No hizo ningún ritual.
No llevó nada especial.
Simplemente se paró ahí abajo y habló.
Le dijo al duende que me dejara tranquila.
Que yo no le pertenecía.
Y que él no tenía nada que estar haciendo en esa casa.
Después de eso…
todo se detuvo.
Dejaron de desaparecer mis cosas.
Los objetos dejaron de aparecer mordidos.
Yo dejé de hablar del niño.
Y durante años no ocurrió nada.
Parecía que el problema se había terminado.
Solo que no fue así.
Años después
Yo estaba por comenzar segundo de secundaria cuando empecé a tener sueños extraños.
Siempre aparecía la misma cosa.
Era pequeña.
Parecía una persona.
Pero no exactamente.
Se escondía.
A veces la veía detrás de mi mamá.
O detrás de mis hermanas.
Siempre en lugares donde ellas no podían verlo.
Y se reía.
No era una risa divertida.
Era burlona.
Como si supiera algo que yo no.
Los sueños comenzaron a repetirse cada vez más.
Y después pasó otra cosa.
Empezaron a aparecerme moretones.
En los brazos.
En las piernas.
En distintas partes del cuerpo.
Yo asociaba muchos de ellos con noches en las que había tenido pesadillas especialmente intensas.
Mis problemas de sueño empeoraron tanto que terminé yendo con un psicólogo.
Durante ese proceso llegamos incluso a sesiones de hipnosis.
En algunas de esas sesiones aparecieron imágenes que yo interpreté como recuerdos de mi infancia.
Y ahí…
volví a verlo.
La cara del niño
Durante aquellas sesiones aparecía yo siendo bebé.
Y también aparecía él.
El duende.
O el niño.
Como quieran llamarlo.
Recordaba una figura pequeña acercándose a mi cuna.
Me pellizcaba.
Se acercaba muchísimo a mi cara.
A veces despertaba y él estaba ahí, viéndome.
Lo extraño era que, dentro de esos recuerdos, yo no parecía sorprendida de verlo.
Como si estuviera acostumbrada.
Como si hubiera formado parte de mi infancia.
Yo lloraba cuando me pellizcaba.
Pero verlo…
no parecía extraño.
Con el tiempo, los psicólogos también plantearon que esos recuerdos podían estar distorsionados o reconstruidos durante el proceso terapéutico.
Y tiene sentido.
La memoria puede hacer cosas rarísimas.
Pero después de esas sesiones ocurrió algo que me costó todavía más racionalizar.
Comencé a verlo despierta.
O al menos…
creía estar despierta.
El zumbido
Empecé a sufrir parálisis del sueño.
Muchas.
Llegó un punto en el que sabía perfectamente cuándo estaba por ocurrir.
Primero escuchaba un zumbido.
Muy fuerte.
Cada vez más intenso.
Hasta volverse ensordecedor.
Después…
mi cuerpo dejaba de responder.
No podía moverme.
No podía hablar.
Pero podía ver mi habitación.
Y en varias de esas ocasiones…
él estaba ahí.
Frente a mi cara.
El mismo niño.
La misma figura pequeña.
Mirándome.
Mi mamá ya no sabía qué hacer.
Para ese momento habíamos pasado por psicólogos, problemas de sueño, recuerdos confusos y todo lo que había ocurrido cuando yo era bebé.
Un día terminó llevándome a una iglesia.
El sacerdote le dijo que posiblemente algo me estaba acosando y recomendó tener agua bendita y una Biblia cerca de mi cama.
También relacionó lo que me pasaba con el hecho de que yo no hubiera querido hacer la primera comunión.
Y sí.
Eso era verdad.
Fui una semana al catecismo, hice varias preguntas y me dijeron que yo no estaba ahí para cuestionar.
Entonces decidí que no quería seguir yendo.
No sé si eso tenía algo que ver con lo que me pasaba.
Personalmente, con los años busqué otras explicaciones para mis sueños y mis parálisis.
Volví a terapia.
Aprendí sobre cómo funciona la parálisis del sueño.
Empecé a practicar meditación.
Y poco a poco dejaron de darme tanto miedo.
Incluso ahora pienso que quizá habría podido aprovechar mejor esas experiencias si hubiera entendido en ese momento lo que estaba pasando.
Pero hay algo que todavía me parece raro.
Antes de saber lo que era una parálisis del sueño…
antes de aprender sobre alucinaciones al dormir…
antes de ir con psicólogos…
mi familia ya llevaba años hablando del mismo personaje.
Un niño pequeño.
Algo que escondía mis cosas.
Algo que aparecía alrededor de mi cama.
Algo que, según mi abuela, vivía cerca del sótano.
Y yo ni siquiera tenía edad suficiente para recordar cuándo empezó todo.
Mi familia lo llamaba el duende.
Yo solamente le decía…
el niño.
Conclusión: Cerremos el libro
Elizabeth nos dejó pensando en muchas cosas. En los sótanos que no tienen puerta. En los niños que desaparecen de su cuna y aparecen en el último escalón. En las abuelas que bajan a hablarle de frente a lo que nadie quiere nombrar. Y en esa frase que se repite en tantas familias: «pinche duende otra vez», como si nombrarlo le quitara poder.
Pero lo que más nos pegó fue esa parte final. Porque ella misma lo dice: antes de saber qué era una parálisis del sueño, antes de ir al psicólogo, antes de entender nada… su familia ya hablaba del mismo personaje. Un niño pequeño. Algo que escondía sus cosas. Algo que vivía cerca del sótano.
No sabemos si era un duende. No sabemos si era el niño. No sabemos si era un recuerdo reconstruido o algo que siempre estuvo ahí. Pero sabemos que Elizabeth creció con eso. Y que todavía, de vez en cuando, lo siente.
Gracias, Elizabeth, por confiar en nosotras y compartir tu historia. Y gracias a todas ustedes por acompañarnos una lectura más.
Si tú también tienes una historia que no puedes explicar, escríbenos. Nos encanta leerte. Nos encanta que nos leas. Y sobre todo, nos encanta recordar que, en la oscuridad, nunca estamos solas.
Ahora sí: cerremos el libro, apaguemos la luz… y no voltees hacia atrás.
Hasta la próxima.
Comparte esta historia si te gustó.MERCH MALDITA
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