Hay historias que se cuentan en voz baja. Esta es una de ellas. Ocurrió —o al menos así lo relata Cindy— en un pueblito en las faldas del Pico de Orizaba, Veracruz, cerca de Coscomatepec. Un lugar hermoso, pero con algo pesado en el aire. La neblina lo cubre casi todo el año y, cuando baja, el mundo entero guarda silencio.
Cindy decidió contar lo que le pasó cuando tenía seis años. Durante décadas lo guardó porque en su familia siempre decían que había sido cosa de su imaginación. Pero su abuela pensaba diferente: ciertas cosas era mejor no nombrarlas demasiado. Porque cuando hablas de ellas… pueden volver.
Esta es su historia.
El Chico Tierra
Enviada por Cindy
Cuando era niña, algo comenzó a hablarme desde debajo de la cama.
Creo que ya es hora de contar esto.
Y neta me costó mucho decidirme.
Durante años me lo guardé porque en mi familia siempre decían que había sido cosa de mi imaginación. Pero mi abuela decía algo diferente: que ciertas cosas era mejor no nombrarlas demasiado.
Porque cuando hablas de ellas…
pueden volver.
Yo crecí en un pueblito en las faldas del Pico de Orizaba, en Veracruz, cerca de Coscomatepec.
Es un lugar hermoso, pero también tiene algo pesado.
La tierra ahí es tan fértil que parece que las cosas crecen aunque nadie las haya sembrado. Hay neblina casi todo el año y, cuando baja, cubre las casas, los árboles, los caminos.
Todo.
Es como si el mundo entero guardara silencio.
Nuestra casa estaba rodeada de monte. No teníamos vecinos cerca.
Era una casa vieja de madera, levantada sobre pilotes, de esas que crujen aunque nadie esté caminando.
Mi cuarto estaba justo encima de un espacio abierto lleno de piedras, raíces y lodo.
Desde muy chiquita sentía que ese lugar tenía algo raro.
Pero todo empezó de verdad cuando tenía seis años.
Fue entonces cuando empecé a hablar con alguien que vivía debajo de mi cama.
Y no.
No era un amigo imaginario.
Nunca lo sentí como un juego.
Era un niño.
O al menos…
parecía un niño.
Era chiquito, chaparrito, con el cabello enredado y lleno de hojas. Tenía los ojos muy redondos y una sonrisa torcida, demasiado grande para su cara.
Sus dientes eran pequeños y afilados.
Como los de un animalito.
Pero lo peor era su voz.
Porque no sonaba como la voz de un niño.
Sonaba como alguien muy, muy viejo.
Como si hablara desde muy lejos.
O desde muy abajo.
Como si la voz saliera de la tierra.
Yo le decía el Chico Tierra.
La verdad ya no recuerdo si él me dijo que se llamaba así o si fui yo quien comenzó a llamarlo de esa manera por cómo se veía.
Siempre estaba sucio.
Pero no sucio como un niño que había estado jugando afuera.
Parecía enterrado.
Las cosas que dejaba
Al principio solo me hablaba de noche.
Esperaba a que todos estuvieran dormidos y entonces comenzaba a susurrarme desde debajo de la cama.
A veces decía mi nombre.
Otras veces simplemente hablaba.
Yo no entendía todo lo que decía.
Pero cada mañana, cuando despertaba, encontraba cosas.
Piedritas húmedas sobre la almohada.
Ramitas amarradas entre sí, como pequeñas personas.
Una vez encontré un puño de tierra encima de mis cobijas.
Pero era una tierra extraña.
Completamente negra.
Como si estuviera quemada.
Mi abuela siempre decía que los niños no debían andar solos en el monte.
—Los chaneques te jalan —decía—. Y si te descuidas… te cambian.
Pero yo nunca salía al monte de noche.
No hacía falta.
Porque él venía a mí.
Nunca lo escuchaba entrar.
No abría la puerta.
No subía las escaleras.
Simplemente…
aparecía.
Algunas noches me llamaba por mi nombre.
Otras me pedía cosas.
Leche.
Pan.
Un pedazo de fruta.
Y una vez…
un mechón de mi cabello.
Sí.
Se lo di.
Yo tenía miedo.
Muchísimo miedo.
Pero también sentía que tenía que obedecerlo.
Como si decirle que no fuera peor.
Como si pudiera enojarse.
Como si pudiera entrar en mi cuerpo.
O llevarse algo mucho más importante que un pedazo de pelo.
La noche en que quiso llevarme
Hasta que una noche pasó algo que todavía hoy me cuesta trabajo contar.
Estaba lloviendo.
Era esa lluvia finita que cae durante horas, como si el cerro estuviera llorando.
En algún momento de la madrugada me despertó un ruido.
Al principio pensé que era la lluvia golpeando la madera.
Pero no.
Venía de abajo.
Debajo de mi cama.
Era un sonido lento.
Rasposo.
Como si alguien estuviera arrastrando las uñas por la parte de abajo del piso.
Raaaaas.
Silencio.
Raaaaas.
Me senté en la cama.
No quería mirar.
Pero miré.
Y ahí estaba él.
El Chico Tierra.
Entre las tablas.
Observándome desde la oscuridad.
No sé explicar cómo podía verlo porque no había luz.
Pero podía.
Sus ojos brillaban.
No como los ojos de una persona.
Como los de un animal cuando les pega una lámpara en medio de la noche.
Solo que ahí no había ninguna lámpara.
Nunca había estado tan cerca de mí.
Entonces habló.
—¿Quieres jugar conmigo… para siempre?
Me quedé completamente congelada.
No sabía qué decir.
Ni siquiera podía gritar.
Después sonrió.
—Aquí abajo está bonito.
Se quedó callado unos segundos.
—Huele a tierra mojada… y nadie regaña.
Volvió a sonreír.
—No hay escuela.
Y después dijo algo que todavía recuerdo perfectamente.
—Nadie se muere porque todos ya están muertos.
Sacó una mano desde debajo de la cama.
Tenía los dedos delgados.
Demasiado largos.
Las uñas eran negras y estaban llenas de tierra húmeda.
Me extendió la mano.
—Solo tienes que venir conmigo.
Yo no me moví.
—Métete debajo de la cama.
Sentí que algo dentro de mí comenzaba a aflojarse.
—Pero si entras…
Hizo una pausa.
—Ya no vuelves.
Yo quería correr.
Quería llamar a mi abuela.
Quería levantarme de la cama.
Pero mi cuerpo comenzó a inclinarse.
No sé cómo explicarlo.
No sentí que algo me tocara.
Pero sentía que algo me jalaba.
Cuando reaccioné, tenía una mano apoyada en el suelo.
Después una rodilla.
No recuerdo haber bajado de la cama.
Solo recuerdo estar ahí.
Cada vez más cerca del piso.
Y lo peor es que…
una parte de mí quería entrar.
Tenía curiosidad.
Desde abajo salía un olor a tierra mojada.
Y algo cálido.
Como un susurro.
Como si alguien me estuviera dando la bienvenida.
Como si ese lugar ya me conociera.
Mi cabeza estaba casi debajo de la cama cuando escuché la voz de mi abuela desde la cocina.
Gritó mi nombre.
Una sola vez.
Pero lo gritó como si supiera exactamente lo que estaba pasando.
Después recuerdo pasos.
Gente entrando a mi cuarto.
Gritos.
Me encontraron con medio cuerpo metido debajo de la cama.
Tenía la cara hundida en la tierra negra.
La boca abierta.
Y el lodo pegado en las mejillas.
Entre el lodo había pequeñas ramitas.
“La querían cambiar”
Mi abuela me sacó de ahí.
Me limpiaron con huevo.
Con ruda.
Con copal.
Me pasaron un gallo por la espalda y después lo soltaron en el monte.
Al día siguiente me llevaron al cerro a “pedir permiso”.
El brujo del pueblo, don Sabás, habló con mi abuela.
Yo estaba ahí, pero durante años nadie quiso explicarme exactamente qué había dicho.
Solo recuerdo una frase:
—No se la querían llevar al otro mundo.
Mi abuela preguntó entonces qué querían conmigo.
Don Sabás la miró.
—La querían cambiar.
Antes de irnos le dijo:
—No la deje sola hasta que pase la luna llena.
Desde entonces duermo con los pies tapados.
Y nunca dejo un espacio vacío debajo de mi cama.
Pongo cajas.
Cobijas.
Maletas.
Lo que sea.
No me importa.
Solo no quiero que haya un hueco ahí abajo.
No sé si lo que viví fue real.
Tal vez sí fue mi imaginación.
Eso es lo que mi familia siempre quiso creer.
Pero hubo algo que nunca pudieron explicarme.
Durante semanas después de aquella noche siguieron apareciendo rastros de tierra dentro de mi cuarto.
En la pared.
Dentro de mis zapatos.
En la almohada.
Debajo de las cobijas.
Pequeñas marcas.
Como si alguien siguiera entrando.
Aunque nadie abría la puerta.
Y aunque debajo de mi cama…
ya no había espacio para que se escondiera nadie.
La historia de Cindy y el Chico Tierra es un relato que se queda con quien lo lee. No importa si crees o no en chaneques: hay algo en la forma en que lo cuenta que eriza la piel. Quizá sea la naturalidad de los detalles. Quizá sea la voz de su abuela. O quizá sea esa última imagen: rastros de tierra negra apareciendo dentro de un cuarto donde ya no hay espacio para esconderse.
Si algo nos enseña esta historia es que hay cosas que la memoria guarda por años. Y que a veces, solo a veces, contar lo que pasó es la única forma de dejar de tener miedo.
Y recuerda: nunca dejes un hueco vacío debajo de tu cama.
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